Crónica: 4 hojas de armenia

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Mi amigo Juan V. es el testigo y dueño de esta historia, yo sencillamente fui un recolector que por 14 años guardó el relato en una hojas amarillentas, ya era justo hacerlas texto público, adelante encontrarán el resultado; si por alguna razón son malos lectores, no se sientan obligados a continuar, podrán escucharla en Soundcloud, nada de estudio, sonido casero…

crónica: 4 hojas de armenia (para quienes no leen)

Cuatro hojas de Armenia.

El lunes 25 de enero de 1999 el sol pegaba duro al medio día, miles de cucharas se detuvieron en el aire, miles de vasos buscaron refugio en superficies estables porque las manos tenían que ocuparse tomándose las unas de las otras.

Solo cuando los anuncios de última hora se encendieron y las líneas telefónicas se congestionaron supimos que no había sido un temblorcito, el terremoto había sido dueño aquella vez de Armenia. La falla de San Andrés nos recordaba, extendiéndose por el Pacífico, que uno que otro día era capaz de sacudirse.

Un par de meses después, y otro par quizá, Juan contaba con despreocupación su historia, mezclándola de vez en cuando con sorbos de cerveza hasta que se hizo tarde, o muy temprano en la madrugada, volví a casa y no me pareció justo dejar su relato en esa loma fría donde hablamos así que lo pegué con cuidado en 4 hojas que guardé durante catorce años y medio, hace poco encontré el epicentro:

Yo no sabía lo que había pasado, salí al balcón y prendí el radio pero como en Armenia se habían caído las comunicaciones lo primero que escuché fue el reporte de otra ciudad, que se cayó esto, aquello, el reporte de muertos, no… que tantos heridos y nosotros ahí mismo pensamos “qué cagada otro terremoto en Pereira”, cuando Si señor, dicen Armenia, que van diez muertos, no que veinte, treinta, cien, doscientos, quinientos, hijueputa, que se cayó el Colegio Real, “el terremoto fue aquí” /alguien grita/…

Todo el mundo destruido.

Mi novia vivía /lejos/ en el centro.

Después de un rato mi hermana me seguía viendo todo preocupado y ahí mismo me dijo “arranquemos a echar pata”/vamos a caminar hasta encontrarla/.

En el norte en donde yo vivo no pasó nada, allá todo es más chunky /más duro y bajo/. Empezamos a caminar y a echar dedo para buscar quién nos llevara y al instante paró una camioneta llena de gente, Súbase, me dice, “Voy pa´entro”. Las camionetas pasaban cargadas de muertos y de sangre.

Hasta aquí llegamos, grita el tipo, al bajarme me encontré dentro de un humo denso fundido con gente, me desesperé y empecé a correr hasta que vi caído el edificio junto al de ella, y muros caídos afuera de su portería, y salió el papá de Ana Lucía, me dice que ella salió con el hermano adonde una tía que vivía sola por el Coliseo.

Entonces me fui corriendo para allá, corriendo por todo eso.

Cuando llegué no la encontré; por allá quedaba la morgue, yo ya andaba solo con un amigo, él me dijo que estaban recibiendo voluntarios pero estaba indeciso, que si, que no, que vamos. Usted se imagina fácil el muerto de bala, el apuñalado pero otra cosa es el mutilado, de cabeza plana o con las tripas por ahí.

“No parcero, camine mejor pal rancho”.

 

Al otro día llego mi hermano y su jefe, fuimos a la Cruz Roja a donar sangre y nos dijeron que ya había mucha pero que necesitaban voluntarios para otras cosas, enseguida nos pusieron encima el peto con la cruz y nos treparon a una ambulancia, necesitaban quién los guiara porque no eran de aquí, pero llegó un punto donde yo no sabía adonde ir.

6.4 grados en una escala que no importa en medio de la escena y trece mil estructuras en colapso desaparecieron el chance de contar con cualquier punto de referencia; además, tan natural como el desastre, la capacidad de reacción y coordinación del país fue nula, salvo por la creación de un impuesto nuevo.

Paramos por allá donde unos heridos, que quédese con el chofer, que venga que allí hay más heridos, que había que esperar a los socorristas, que había un tipo con overol rojo de la cruz roja y no sabía un culo, que suba al viejito aporreado, que arranque, que le ponga una banderas rojas al carro a cada lado, arranque, vuelan los espejos de los otros carros pero no importa, llegamos al hospital y había una señora con la cara hinchada, súbala y al aeropuerto sin los hijos, nadie la podía acompañar, solo heridos, ¿se imagina?

En el aeropuerto, ACES™ destinó avionetas, salían una detrás de la otra; ustedes los de la Cruz R., Vengan, nos dice un tipo, quería dizque mandarnos a Bogotá, nos van empujando adentro y luego nos bajan diciendo que no, que no somos nosotros. Entre los Hércules de la Fuerza Aérea Colombiana aterrizaron los helicópteros Japoneses, se bajaron corriendo todos organizados con sus maletas metálicas, mientras los veían unos franceses ahí quietos, como bronceándose mientras se rascaban la cabeza. Nosotros nos pusimos con otra cantidad de gente a descargar cosas, un voleo suficiente para no moverme de la casa al otro día.

Juan tiene para ese entonces no tiene más de 21 años, estudia y vive de fiesta, aunque no necesariamente en ese orden.

Estábamos en una bodega descargando cajas con comida y ropa, cajas con comida y ropa, cajas con comida y ropa, de repente el encargado se perdió, alguien más se perdió, algunas cajas luego ninguna, nos quedamos como quietos mirándonos, entonces llamé un camión para que viniera y lo empezamos a descargar, pasa al momento alguien con una planilla y me dice que soy el nuevo Jefe de Bodega.

*ilustración por Paola Garrido / Minizuka.
*ilustración por Paola Garrido / Minizuka.

Americanino® mandó unos jeans, ¿y sabe qué hacían unos hijueputas voluntarios con cruz encima?, se los bajaban /se los robaban/ para ellos.

Rumores de entonces indicaron sobre la migración a la zona del desastre por parte de personas que no perdieron nada; las ayudas son ciegas.

Los japoneses mandaron unos cascos una chimba, imagínese, no como los de plástico de la Defensa Civil que les cae cualquier ladrillo y los mata; pero no los recibieron, los que clasificaban las medicinas se los quedaron aunque estaban protegidos debajo de un buen techo y acordonados por el ejército, ellos felices estrenaron casquitos. Ay, mira la carpa, que carpa tan chimba dicen los hijueputas mientras las guardan pa´ ellos y mientras la gente en ranchitos de palos, bolsas y pedazos de casa.

Podríamos asegurar que conservan estos objetos como medallas de guerra, pero un rencor anónimo nos arrastraría a una ficción no comprobada, debemos descargar este hecho en sus conciencias.

Los de leche Alquería® mandaron un camión cargado con cuatro coteros, les hice señas para que vinieran a descargar y nada, les hice señas de nuevo y se bajo un tipo muy tranquilo y serio, Hasta que no lleguen los medios no descargo, así me dijo; los camiones se empezaron a acumular atrás, no se les podía dar paso hasta no descargar, y los mercados no se podían despachar sin la leche, pero el tipo quería cámaras de televisión así que tuve que salir corriendo a conseguirle aunque fuese una.

Por ahí resultaron los de Señal Colombia, tres maricas que no hacían sino estorbar; los coteros de la leche se vistieron, camisa, gorrita y guantes con logo de la empresa para que todo el mundo los viera y el jefe de ellos se le acerca al camarógrafo a darle la orden “grabas de aquí hasta aquí”, solo a ellos bajando los litros de leche aunque la fila de voluntarios sin logotipo siguiera tras de ellos sudando hasta vaciar su camión.

Afuera de la bodega la gente pedía con hambre, eso era un problema, no nos dejaban darles nada porque tenían que comprobar si sí la necesitaban; entre ellos había una señora embarazada, se cansó y se fue cuando preciso llegaba un camión con cunitas, agarré dos y fui a buscarla, /pero allá no se encontraba nadie ni nada/.

Pelados con hambre y uno en la puerta diciéndoles que no se puede sacar nada. Nos daban dos mercados llenos por trabajar pero había comida en la casa así que bajé con las bolsas y se las regalé a la gente en la cañada.

Me fui a mi casa, supe que la gente se mamó y saqueó la bodega donde estaban los tipos estrenando casquitos y carpas.

La improvisación caracteriza todo acto libre u ordenado en nuestro territorio, el caos la hace emerger hasta hacerla autoridad nacional.

Por la noche escuchábamos radios de onda corta, que vienen saqueando decían, por aquel barrio, por otro más cerca, nos pusimos una pañoleta blanca como distintivo de los hombres de ésta cuadra, yo temblaba armado con varilla y bate, /se armó una ley de vecinos/ quien pasara con cara de robo llevaba.

Pasaron dos tombitos /unos policías en moto/ pero los paramos y les dijimos por dónde venía avanzando la ola de saqueos, preguntaron quiénes tenían arma de fuego y asomaron un par entre nosotros, “Pues defiéndanse que ya no damos a vasto”.

Al rato frenó una camioneta Bronco y todo el mundo se tiró al suelo, era la Pe-eme /la Policia Militar dando plomo/ decían que eran como cuarenta los saqueadores, al instante se fueron. Nuestro par mientras guardaba munición; sacamos y quemamos llantas para armar barricadas, los pelados afuera, los cuchos durmiendo y las viejas llorando. Por fin me acosté a dormir a las 7:00 a.m., ese día tomé tinto aunque no me gustaba.

*   *   *

Otro día de bodega, había que reclasificar lo que dejaron tras el saqueo. KLIM™ mandó unos bultos pero había que repartir esa leche, en una peletería me regalaron un rollo gigantesco de plástico y con eso empezamos; arrimaba la gente diciendo, Es que estoy construyendo un rancho, le decíamos que arrancara y llevara su buen pedazo. Vino uno de esos maricas de Señal Colombia dizque a entrevistarme y nada, No joda vaya adonde otro que estoy ocupado; claramente no faltó la boba, “Entrevísteme a mí, a mí”. Mientras yo, según la cara, le tiraba su bolsa de leche en polvo al que pedía.

Mi hermano había visto las noticias la noche anterior, pudo reconocer a un negro de rastas que salió saqueando y estaba por ahí en la bodega, eche y eche comida y ropa en unos bultos, así que no fue sino decirle a un Mayor de la Policía y se lo llevaron, resultó que no era de Armenia, afuera tenía un amigo que lo estaba esperando para robarse eso, así que también se lo llevaron.

En mi casa había una cantidad grande de pañales, pensé en traérselos a Jairito, que tenía una niña pequeña, pero mi mamá no me dejó, que ella hacía más allá con eso.

Al llegar a la Universidad hablé con las monjas /las dueñas, a ver si se podía gestionar una ayuda económica, algún plazo/, me dijeron que no porque ya habían mandado a Armenia tres /carros/ Willis cargados con mercados y que más no se podía.

Ese lunes 25 de enero de 1999 el sol pegaba duro al medio día, pero ya la normalidad colombiana recorre las calles de la ciudad hoy. La normalidad colombiana.

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